8 de junio de 2011
Zencivilidad
No. No he perdido la cabeza. No enloquecí tras tantos años de defender escribir con corrección, y no es sólo jugar a escribir mal la otra palabra, como ya han hecho otros blogueros antes. Ni me estoy burlando de la ortografía de la Generación Net.
No. No lo busquen en el diccionario, porque no está. Tampoco en Wikipedia. Ni en ningún otro lugar.
No es siquiera un neologismo. Es una palabreja que me inventé para nombrar cómo debería, en mi opinión, ser la vida en sociedad.
Y sí (¡finalmente!): sí tiene que ver con la sensibilidad, con la civilidad y, por supuesto, el zen (aunque en una forma metafórica, no para referirme con precisión a esa tradición budista).
Comienzo con una anécdota bastante frecuente en las ciudades. El día de ayer caminando de vuelta del trabajo, en una esquina de Pacífico, había un par de policías platicando con un microempresario. Estaban recargados en el soporte de un letrero, de forma que ocupaban casi toda la banqueta.
Por supuesto, ninguno de ellos se movió un milímetro para dejarme pasar, así que tuve que pasar de ladito, sosteniendo la mochila en una mano. Encima voltearon a verme como si hubiera irrumpido en su banqueta.
Unas cuadras más adelante, en División del Norte, tuve que bajarme de la acera porque estaba invadida de coches. No, de camionetas.
Vuelta a la izquierda en una callecita que tiene el megalómano nombre de Bulevar Anillo de Circunvalación, que no es un anillo ni circunvala nada. Nuevamente, la banqueta obstruida por una madre y sus tres hijos que no encontraron mejor forma de acomodarse que ocupar toda la banqueta. Más adelante, una horda de adolescentes gritando, brincando y empujándose volvían a ocupar toda la banqueta.
Y en el puente peatonal del Tren Ligero, estación Las Torres, subía lentamente una pareja de ancianos, ellos sí, en fila india para permitir el paso de las personas que iban de bajada. Pero un par de jovencitos impacientes decidieron que no tenían por qué aguantar eso y, después de tratar de apurar al par de octogenarios a gritos, apuraron el paso para rebasarlos. Por supuesto, la gente que descendía tuvo que esperar a que terminaran la maniobra, que culminó con un encontronazo hombro a hombro con un paterfamilia.
Una escena parecida en el paso peatonal, sólo que ahí la situación empeora por los ambulantes que tienen tomado el piso del lado oriente. Y el par de policías que platicaban con algunos de ellos.
Ya abajo del puente, para entrar a la base de microbuses de Taxqueña, puestos de discos pirata, de periódicos, de bebidas, de frituras reducen a un espacio casi inutilizable las banquetas.
No. Ninguno de esos ejemplos es algo ilegal o prohibido. Me refiero, por supuesto, a usar de manera abusiva las banquetas y puentes, no a vender piratería o el ambulantaje. Pero sí son muestras de falta de zencivilidad.
La civilidad es, en principio, comportarse como personas civilizadas: no agredirse, no violar leyes y reglamentos, etcétera. Pero eso no basta para una convivencia sana, es sólo el punto de partida.
Además se requiere paciencia, calma y, sobre todo, respeto más allá de las exigencias cívicas. Así como la gente asume que es ser zen. Con eso, aunado a la civilidad, bastaría para una convivencia aceptablemente buena.
Pero, en mi opinión, sigue faltando algo más: la consideración por los demás. No sólo el respeto, sino ponerse en su lugar para encontrar soluciones favorables para todos, sin necesidad de discutirlo y analizarlo todo a cada momento. Simplemente con un poco de sensibilidad por las necesidades ajenas igual que las propias.
Así que eso es lo que significo cuando hablo de zencivilidad.
10 de mayo de 2011
Día de las madres
31 de diciembre de 2010
¿Año nuevo, vida nueva?
llamea la misma fragua?
¿Corre todavía el agua
por el cauce que tenía?
17 de septiembre de 2010
Cuatro años de Calderón
Aquí les dejo el podcast que envié. Espero que lo disfruten y me comenten qué opinan.
31 de mayo de 2010
Y el aparato crítico...
¿Qué quiero decir con esto? Pues que el (mal) llamado aparato crítico no es tal y, por el contrario, sirve para lavarse las manos y sostener las construcciones cognitivas en contra del desgaste de las críticas.
El aparato "crítico" tiene un rancio origen, anterior a la imprenta, en los marginalia de la Edad Media. En la antigüedad europea se leía en rollos muy difíciles de manejar: había que sostenerlos con ambas manos e irlos desenrollando a medida que se leía, por lo que no había manera de tomar notas. Además, no había separación entre palabras ni puntuación. Era una lectura en voz alta y dificultosa. Con el desarrollo del codex (a diferencia de lo que actualmente llamamos códices, el codex no era continuo, sino "hojas" de pergamino unidas en forma de cuadernillo), se liberó a las manos de la carga del rollo: se podía leer sobre una mesa o un atril y usar las manos para hacer anotaciones. Además, se separaron las palabras y los párrafos y se inventó la puntuación, lo que facilitó el entendimiento y permitió la lectura en voz baja.
Pero se producían pocos libros nuevos: en la Edad Media el saber académico giraba en torno a las escrituras antiguas, tanto las sagradas como las de ciertos filósofos griegos y romanos, y algunas recientes, de personas autorizadas, como los Padres y Doctores de la Iglesia. El trabajo académico se centraba en interpretar y reinterpretar estas escrituras; para ello, se hacían anotaciones en los márgenes: los mentados marginalia. Las muestras más antiguas de nuestro idioma son anotaciones al margen sobre textos aún más antiguos: las glosas de San Millán y de Silos. El término glosas hace, precisamente, referencia a los comentarios hechos al texto original, muchas de ellas para aclarar el significado de algún vocablo o traducir algún fragmento del latín original.
En la Edad Media los libros se producían copiando a mano el original, o una copia. Así que había errores y había versiones diferentes, que era necesario leer de manera comparativa y crítica. Los marginalia permitieron cumplir esta función crítica (señalando las incongruencias, por ejemplo), y fueron incluidos en las copias: el copista copiaba el texto original y las notas que lo acompañaban. Y así fueron también los primeros libros impresos, a imagen y semejanza de los manuscritos, con marginalia y todo el aparato crítico, que en aquellas épocas sí cumplía una función crítica.
Estas notas al margen dieron lugar a secciones completas (los escolios) y, con el paso del tiempo y el avance del diseño editorial propio de los trabajos impresos (ajustados a las cajas y otras necesidades derivadas de la técnica), las notas al pie de página. En estos escolios y notas, los autores presentaban ideas marginales, citas y referencias que no eran parte del desarrollo del texto, pero que lo sustentaban o se relacionaban con él: sus fuentes y reflexiones, esas que todos tenemos pero que uno no va por el mundo presumiéndolas (al menos, no la mayoría de la gente). Es como dejar en un edificio terminado los andamios que se usaron para elevarlo, o los castillos y varillas expuestos. Andamios, en este caso, puestos para mostrar la inmensa sabiduría y conocimiento de la disciplina por parte del autor: "peste de eruditismo", llamaba Unamuno a este falso aparato crítico, estos andamios de la erudición pomposa y dogmática.
Por supuesto, estas notas y sistemas de referencias cumple otras funciones, además de darle estatus al autor: sirve para saber de dónde se sacaron las ideas, para ir a verificar, para volver a las fuentes, y, sobre todo, para ahondar en esos aspectos específicos, a la vez que permite textos más concisos, en que no se expliquen todos los fundamentos que sostienen al edificio conceptual que lo cimenta.
Todo ello, por supuesto, en la mayoría de los casos, se hace para sustentar y validar lo expuesto. Y así ha terminado por ser usado el aparato (anti)crítico: para sustentar y dar validez al texto sin que él tenga que sostenerse a sí mismo, sin presentar más evidiencias que el aparato en sí mismo, que ya no sirve más como crítica sino como puntales que sostienen a un edificio pobremente construido, endeble y que requiere ser validado por la autoridad de sus fuentes y referencias, en vez de que éstas sirvan al lector para facilitar la lectura y búsqueda de más información. Es decir, para, verdaderamente, cumplir la función crítica.
La ilustración es una página del Códice Emilianense, donde se muestran algunas de las famosas glosas de San Millán. Tomada de http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4a/Codiceemil.jpg
18 de febrero de 2010
Viva el día de Vicente Fernández
Y eso (trivializar nuestro pasado y, por ende, nuestro presente), en mi opinión, es lo que ha hecho la Secretaría de Gobernación (Segob).
Pongamos las cosas en conexto: la Segob ha publicado (en medios impresos y electrónicos) un Calenadrio cívico que en 2010 está etiquetado “México 200 años”. Este calendario se encuentra disponible en la página de la Segob y también se ha hecho llegar, por medio de la Secretaría de Educación Pública (SEP), a las escuelas, donde, además, se ha dado la indicación de trabajar con él en diversas asignaturas.
Por ejemplo, en Secundaria se tienen que copiar estas efemérides al cuaderno en clases de Orientación y tutoría, una asignatura destinada a atender las necesidades de los alumnos (no las de los programas burocráticos), como problemas afectivos, conflictos entre ellos o con los profesores, dificultades con las asignaturas. En lugar de eso, se utiliza para difundir estas efemérides patrias seleccionadas en la Segob.
Dejemos de lado el sisnsentido pedagógico de obligar a los alumnos a copiar fechas en su cuaderno; olvidemos la contradicción entre esas labores y el enfoque por competencias adoptado por la SEP; cerremos los ojos al problema de su inserción en Orientación y Tutoría.
Quedémonos sólo con el calendario mismo. Échenle un ojito; para ello pueden hacer clic aquí. Revisen qué celebramos el 18 de agosto: natalicio del pintor Juan Soriano (1920) y expedición de la primera Ley Federal del Trabajo (1931).
Vamos ahora al 17 de febrero: se inaugura el edificio de la Oficina Central de Correos (1907) y natalicio de Vicente Fernández, “actor y cantante de la música ranchera” (¿“la música ranchera”? ¿Sólo hay una, la de él?).
¿El nacimiento de Vicente Fernández (sin negar sus méritos en la industria del entretenimiento) es un hecho histórico relevante, digno de efemérides y de obligar a los alumnos a anotarlo en sus cuadernos? ¿Es igual de relevante que el nacimiento de Juan Soriano, la Ley Federal del Trabajo, la Oficina Central de Correos (precioso edificio, por cierto), la expropiación petrolera (18 de marzo), el natalicio de Emiliano Zapata o la promulgación de la Constitución?
Ahora digan si me he equivocado en mi apreciación: la Segob (y en su auxilio la SEP) ha trivializado nuestra historia patria, la ha equiparado a chismes del espectáculo. A mí me tiene verdaderamente indignado. Y avergonzado.
Es verdad: cosas peores se han señalado a este Gobierno (al que pertenecen la Segob y la SEP), como por ejemplo la difamación de los muchachos asesinados en Ciudad Juárez, pero todo ello forma parte del mismo discurso y las estrategias de poder a que está asociado. Un poder perverso (en el sentido técnico en psicopatología lo mismo que en el sentido popular) ejercido desde el Estado.
Y eso me preocupa más de lo que me avergüenza o me indigna cada uno de los hechos puntuales que se critican (o no).
18 de diciembre de 2009
El terror del Estado del Terror
-Asqueado. Así me siento ante el repugnante show Beltrán Leyva, un espectáculo mediático orquestado por el Estado en el que nos muestra cómo ha usado la fuerza para exterminar “sin querer queriendo” al capo Arturo Beltrán Leyva, alias El jefe de jefes.
Nos hacen constar los destrozos causados, mientras alaban la eficiencia de nuestros cuerpos de seguridad (ayudados por los de los gringos) que lograron someter tras cuatro horas de batalla campal al capo también conocido como El Barbas.
El operativo comenzó, según dicen, cuando la inteligencia de la Armada corroboró la ubicación e identidad de Beltrán Leyva en Cuernavaca. Después fueron a por él y lo ultimaron. Fue fotografiado semidesnudo, con los pantalones bajados a la altura de las rodillas. Y, encima, para mayor escarnio, lo decoraron con billetes y objetos religiosos varios.
No pienso reproducir aquí ninguna imagen; esta clase de mensaje de escarmiento me parece repulsiva provenga de quien provenga, más aún en el caso del Estado (que, además, nos advierte que a causa de esta muerte aumentará la violencia). Quien desee verlo, hay fotografías circulando por internet, o puede consulta la fotogalería preparada por El Universal.
Otros milicos allanaron y vejaron ayer mismo a estudiantes en Guerrero, con el pretexto de buscar a colaboradores de El jefe de jefes. Sin corroborar las identidades, como hicieron en el caso del capo, los sicarios del Estado hicieron uso de la fuerza contra los presuntos sicarios del enemigo, que resultaron ser simples alumnos de la Universidad Autónoma de Guerrero. Según declaraciones, fueron golpeados, robados y fotografiados. Quizá para ser exhibidos también.
Por lo pronto, este al-alimonado servidor está considerando rasurarse, pues algún exalumno me apoda también Barbas. No vaya a ser que algún héroe nacional decida hacerse de nombre a mis costillas. De suceder, espero, al menos, salir mejor parado en las fotografías que Beltrán Leyva.
