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23 de octubre de 2011

Las nuevas catedrales medievales


Las grandes catedrales góticas son un portento artístico, sin lugar a dudas, pero también organizativo.
En la construcción de una catedral colaboraban todos. Participaba cada familia, cada individuo del núcleo urbano donde se edificaría.
Para empezar, el costo era sufragado por todos con donaciones, diezmos, impuestos, etcétera. Eso es lo que hoy en día, olvidando la historia, se considera súper moderno y recibe el nombre de crowdfunding. Pero es un modelo que tiene siglos de funcionar aunque haya quedado oculto a partir de la caída del sistema feudal y el advenimiento del capitalismo.
En dichas catedrales la gente también ponía su trabajo: mano de obra más calificada o menos, mejor o peor pagada (a veces incluso sin pago alguno), y generalmente anónima o sin protagonismos ante el colectivo. Vamos, lo que ahora pomposamente llamamos, en pleno afán hipermoderno, crowdsourcing.
Este modelo también perdió prestigio (aunque no dejó de ser usado) al término del Medioevo, cuando los artistas comenzaron a firmar sus obras de manera individual y a publicitarse y contratarse a título personal a las órdenes de un mecenas. El individualismo capitalista propició el surgimiento del artista profesional.
Ahora el mundo ha inventado (redescubierto, más bien) las bondades de la colectividad, incluso dentro del capitalismo más voraz. Así las empresas cada vez recurren más al crowdsourcing. Y algunos aventurados se apoyan en el crowdfunding para diversos proyectos, como los creadores de la película “Demain la Veille”.
Y es que así es la nueva sociedad que está creciendo alrededor de internet, un invento que, finalmente, es como las grandes catedrales de la Edad media: construida y financiada entre todos los cibernautas.
Hay quien sostiene que este proceso llevará a la desaparición del artista profesional; ya se han levantado voces que se lamentan porque estamos viviendo la desaparición del escritor profesional, una profesión bastante reciente, por cierto. Aún no he visto a nadie que se lamente por la desaparición de los aguadores
En fin, el caso es que se está volviendo al modelo comunitario del que se beneficiaron las antiguas catedrales, pero con algunas diferencias. Por ejemplo, ahora se estila recibir crédito individual por la participación en estos proyectos, aunque los escritores no siempre lo reciben, ni siquiera en el ámbito del escritor profesional, donde abundan los negros o “escritores fantasma”.
Yo, por lo pronto, tengo algunas ideas en mente para edificar mis catedrales. Entre ellas tengo el sueño de adaptar a una película animada la tragedia shakesperiana Macbeth. La trama tiene lugar en la Edad Media (aunque antes del gótico) pero fue escrita en los primeros tiempos del capitalismo, y habla sobre la traición, la avaricia y el individualismo. ¿Qué mejor historia para un proyecto sin fines de lucro y desarrollado con crowdsourcing y financiado con crowdfunding?

¿Alguien que guste colaborar? ;)

8 de julio de 2011

¿Opinión acerca de la pena de muerte?

MarcosRvZ hizo esta pregunta en mi Formspring: "¿Opinión acerca de la pena de muerte? ¿favor, en contra y por qué?". He aquí mi respuesta:

En contra. Si matar es tan deleznable como para condenar a quien mata, entonces la pena de muerte es así de deleznable también.
la pena de muerte no tiene ningún sustento razonable. El único sería que matar a los delincuentes fuera más barato que la aplicación de otras penas (como la cárcel); de ser así, quiere decir que se puede disponer de la vida, la salud, las posesiónes, las sociedades humanas, es decir, los derechos, cuando es más conveniente, más práctico (por ejemplo, más barato). En ese caso, no se podría criminalizar al delincuente que afectara a otros porque le resulta más fácil, cómodo, barato, práctico.
A final de cuentas, la pena de muerte es hacer colectivamente lo que condenamos. Es inevitablemente la negación de su propio sustento ético y lógico. Y es asesinato con forma de ley; venganza disfrazada de justicia.

8 de junio de 2011

Zencivilidad

No. No me equivoqué al escribir sensibilidad. Estoy hablando de zencivilidad.
No. No he perdido la cabeza. No enloquecí tras tantos años de defender escribir con corrección, y no es sólo jugar a escribir mal la otra palabra, como ya han hecho otros blogueros antes. Ni me estoy burlando de la ortografía de la Generación Net.
No. No lo busquen en el diccionario, porque no está. Tampoco en Wikipedia. Ni en ningún otro lugar.
No es siquiera un neologismo. Es una palabreja que me inventé para nombrar cómo debería, en mi opinión, ser la vida en sociedad.
Y sí (¡finalmente!): sí tiene que ver con la sensibilidad, con la civilidad y, por supuesto, el zen (aunque en una forma metafórica, no para referirme con precisión a esa tradición budista).
Comienzo con una anécdota bastante frecuente en las ciudades. El día de ayer caminando de vuelta del trabajo, en una esquina de Pacífico, había un par de policías platicando con un microempresario. Estaban recargados en el soporte de un letrero, de forma que ocupaban casi toda la banqueta.
Por supuesto, ninguno de ellos se movió un milímetro para dejarme pasar, así que tuve que pasar de ladito, sosteniendo la mochila en una mano. Encima voltearon a verme como si hubiera irrumpido en su banqueta.
Unas cuadras más adelante, en División del Norte, tuve que bajarme de la acera porque estaba invadida de coches. No, de camionetas.
Vuelta a la izquierda en una callecita que tiene el megalómano nombre de Bulevar Anillo de Circunvalación, que no es un anillo ni circunvala nada. Nuevamente, la banqueta obstruida por una madre y sus tres hijos que no encontraron mejor forma de acomodarse que ocupar toda la banqueta. Más adelante, una horda de adolescentes gritando, brincando y empujándose volvían a ocupar toda la banqueta.
Y en el puente peatonal del Tren Ligero, estación Las Torres, subía lentamente una pareja de ancianos, ellos sí, en fila india para permitir el paso de las personas que iban de bajada. Pero un par de jovencitos impacientes decidieron que no tenían por qué aguantar eso y, después de tratar de apurar al par de octogenarios a gritos, apuraron el paso para rebasarlos. Por supuesto, la gente que descendía tuvo que esperar a que terminaran la maniobra, que culminó con un encontronazo hombro a hombro con un paterfamilia.
Una escena parecida en el paso peatonal, sólo que ahí la situación empeora por los ambulantes que tienen tomado el piso del lado oriente. Y el par de policías que platicaban con algunos de ellos.
Ya abajo del puente, para entrar a la base de microbuses de Taxqueña, puestos de discos pirata, de periódicos, de bebidas, de frituras reducen a un espacio casi inutilizable las banquetas.
No. Ninguno de esos ejemplos es algo ilegal o prohibido. Me refiero, por supuesto, a usar de manera abusiva las banquetas y puentes, no a vender piratería o el ambulantaje. Pero sí son muestras de falta de zencivilidad.
La civilidad es, en principio, comportarse como personas civilizadas: no agredirse, no violar leyes y reglamentos, etcétera. Pero eso no basta para una convivencia sana, es sólo el punto de partida.
Además se requiere paciencia, calma y, sobre todo, respeto más allá de las exigencias cívicas. Así como la gente asume que es ser zen. Con eso, aunado a la civilidad, bastaría para una convivencia aceptablemente buena.
Pero, en mi opinión, sigue faltando algo más: la consideración por los demás. No sólo el respeto, sino ponerse en su lugar para encontrar soluciones favorables para todos, sin necesidad de discutirlo y analizarlo todo a cada momento. Simplemente con un poco de sensibilidad por las necesidades ajenas igual que las propias.
Así que eso es lo que significo cuando hablo de zencivilidad.

10 de mayo de 2011

Día de las madres

Con la cantidad de madres que hoy no tienen qué comer, ni con qué alimentar a sus retoños, me avergüenzo del modesto regalo que le compré a la mía. ¿Qué vamos a celebrar hoy, con la cantidad de madres que han perdido a sus hijos impunemente por actos delictivos o de negligencia, o ven sufrir a sus pequeños por culpa de terceros? Yo no veo razón de regocijo. (De cualquier manera, un abrazo a todas las madres que se esfuerzan porque sus hijos puedan seguir su propio camino con el mejor punto de partida posible en sus circunstancias.)

31 de diciembre de 2010

¿Año nuevo, vida nueva?


A Yuvia,
que dice
que anda de Grinch.

Ahora que todo son felicitaciones, deseos y renovaciones por el nuevo año, no puedo dejar de recordar lo que escribió Antinio Machado:
¿Siglo nuevo? ¿Todavía
llamea la misma fragua?
¿Corre todavía el agua
por el cauce que tenía?

De cualquier manera, esta excusa es tan buena como cualquier otra para hacer fiesta, comer rico y estar con los seres queridos. ¡Feliz velada de Noche Vieja, Año Nuevo, San Silvestre, quema del viejo… o lo que sea que celebren esta madrugada!

17 de septiembre de 2010

Cuatro años de Calderón

Hace unos días @shaulita me invitó a participar en un ejercicio de reflexión: cómo vemos la gestión del presidente Calderón, ejercicio que se publicó en la entrada "Los twitteros también somos polacos", en El Diván de Shaulita.
Aquí les dejo el podcast que envié. Espero que lo disfruten y me comenten qué opinan.

31 de mayo de 2010

Y el aparato crítico...

A Rick Trapper, por su asesoría, 
con admiración y afecto.

"El aparato crítico devino andamio erudito y terminó en puntal"

¿Q quiero decir con esto? Pues que el (mal) llamado aparato crítico no es tal y, por el contrario, sirve para lavarse las manos y sostener las construcciones cognitivas en contra del desgaste de las críticas.

El aparato "crítico" tiene un rancio origen, anterior a la imprenta, en los marginalia de la Edad Media. En la antigüedad europea se leía en rollos muy difíciles de manejar: había que sostenerlos con ambas manos e irlos desenrollando a medida que se leía, por lo que no había manera de tomar notas. Además, no había separación entre palabras ni puntuación. Era una lectura en voz alta y dificultosa. Con el desarrollo del codex (a diferencia de lo que actualmente llamamos códices, el codex no era continuo, sino "hojas" de pergamino unidas en forma de cuadernillo), se liberó a las manos de la carga del rollo: se podía leer sobre una mesa o un atril y usar las manos para hacer anotaciones. Además, se separaron las palabras y los párrafos y se inventó la puntuación, lo que facilitó el entendimiento y permitió la lectura en voz baja.

Pero se producían pocos libros nuevos: en la Edad Media el saber académico giraba en torno a las escrituras antiguas, tanto las sagradas como las de ciertos filósofos griegos y romanos, y algunas recientes, de personas autorizadas, como los Padres y Doctores de la Iglesia. El trabajo académico se centraba en interpretar y reinterpretar estas escrituras; para ello, se hacían anotaciones en los márgenes: los mentados marginalia. Las muestras más antiguas de nuestro idioma son anotaciones al margen sobre textos aún más antiguos: las glosas de San Millán y de Silos. El término glosas hace, precisamente, referencia a los comentarios hechos al texto original, muchas de ellas para aclarar el significado de algún vocablo o traducir algún fragmento del latín original.

En la Edad Media los libros se producían copiando a mano el original, o una copia. Así que había errores y había versiones diferentes, que era necesario leer de manera comparativa y crítica. Los marginalia permitieron cumplir esta función crítica (señalando las incongruencias, por ejemplo), y fueron incluidos en las copias: el copista copiaba el texto original y las notas que lo acompañaban. Y así fueron también los primeros libros impresos, a imagen y semejanza de los manuscritos, con marginalia y todo el aparato crítico, que en aquellas épocas sí cumplía una función crítica.

Estas notas al margen dieron lugar a secciones completas (los escolios) y, con el paso del tiempo y el avance del diseño editorial propio de los trabajos impresos (ajustados a las cajas y otras necesidades derivadas de la técnica), las notas al pie de página. En estos escolios y notas, los autores presentaban ideas marginales, citas y referencias que no eran parte del desarrollo del texto, pero que lo sustentaban o se relacionaban con él: sus fuentes y reflexiones, esas que todos tenemos pero que uno no va por el mundo presumiéndolas (al menos, no la mayoría de la gente). Es como dejar en un edificio terminado los andamios que se usaron para elevarlo, o los castillos y varillas expuestos. Andamios, en este caso, puestos para mostrar la inmensa sabiduría y conocimiento de la disciplina por parte del autor: "peste de eruditismo", llamaba Unamuno a este falso aparato crítico, estos andamios de la erudición pomposa y dogmática.

Por supuesto, estas notas y sistemas de referencias cumple otras funciones, además de darle estatus al autor: sirve para saber de dónde se sacaron las ideas, para ir a verificar, para volver a las fuentes, y, sobre todo, para ahondar en esos aspectos específicos, a la vez que permite textos más concisos, en que no se expliquen todos los fundamentos que sostienen al edificio conceptual que lo cimenta.

Todo ello, por supuesto, en la mayoría de los casos, se hace para sustentar y validar lo expuesto. Y así ha terminado por ser usado el aparato (anti)crítico: para sustentar y dar validez al texto sin que él tenga que sostenerse a sí mismo, sin presentar más evidiencias que el aparato en sí mismo, que ya no sirve más como crítica sino como puntales que sostienen a un edificio pobremente construido, endeble y que requiere ser validado por la autoridad de sus fuentes y referencias, en vez de que éstas sirvan al lector para facilitar la lectura y búsqueda de más información. Es decir, para, verdaderamente, cumplir la función crítica.

La ilustración es una página del Códice Emilianense, donde se muestran algunas de las famosas glosas de San Millán. Tomada de http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/4a/Codiceemil.jpg